Crónica de «Un trozo invisible de este mundo»

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Ayer estuve viendo «Un trozo invisible de este mundo»” en Las Naves del Español, Matadero, Texto de Juan Diego Botto en lo que, si no estoy equivocado, es su cuarta creación teatral como dramaturgo.

Lo primero que me gustaría destacar es, una vez más, lo mucho que me gusta el espacio, Las Naves del Español en el Matadero en esta ocasión en la Sala 1. Espacio que si de por sí es profundamente evocador ayer estaba resultaba especialmente emotivo por la acertada escenografía, tan sencilla como impactante. ¿Qué puede ser más simbólico que una cinta transportadora de maletas en un entorno ciertamente frío y hasta hostil? Además, el montaje cuenta con una más que acertada iluminación y diseño del ambiente que apoyan con efectividad la intensidad de la interpretación.

El segundo aspecto que hace que recomiende  esta obra es la solidez de la interpretación de Juan Diego Botto que está más allá de cualquier tipo de alabanza. Resulta absolutamente creíble, hipnótico, honesto en la interpretación con un dominio absoluto del personaje. Realmente uno piensa que hay actores y luego está la gente como Botto para la que debería haber otro tipo de apelativo.

Supongo que en esta maravillosa creación de los personajes ha tenido mucho que ver el director Sergio Peris-Mencheta en lo que podría decir que ha sido un más que afortunado encuentro.

Astrid Jones, a otro nivel, pero dejando el pabellón aun muy alto, interpreta de forma muy digna los tristes avatares de una inmigrante subsahariana de hecho, en mi opinión, es ella quien consigue alcanzar el clímax emocional de la obra.

Dicho todo esto que espero que sea razón suficiente para que os animéis a ver este gran trabajo tengo que hacer algunos comentarios sobre el texto.

En mi opinión el texto que podría perfectamente llamarse «Una visión parcial del este mundo» es un compendio o más bien ideario recurrente, de la conocida retahíla de máximas de una forma muy de pensar fuertemente aposentada en el buenismo y en el progresismo de salón.

El texto, que es denso, reiterativo y desequilibrado trata sobre la desgracia de la emigración, sobre las dictaduras de derechas, (las de izquierda el autor no recuerda que existen), sobre los abusos de los fuertes (si son americanos u occidentales), lo milicos torturadores argentinos, etc. El único palo que uno esperaría que tocase en profundidad y que sin embargo apenas roza es el de la Guerra Civil española al que sólo se refiere para insultar la Transición a la democracia.

Ojo, muchas de las cosas que dice son ciertas, muchas de las injusticias que denuncia son absolutamente reales, el problema es que uno no puede dar una visión en conjunto de las cosas si solo cuenta parte de la película. Pongo un ejemplo. Uno de los personajes es un argentino inmigrante en España que curra en la construcción y que hace una, interpretativamente hablando, gloriosa llamada a su mujer que está en Buenos Aires. Esta llamada le da la oportunidad para comentar lo mal que van las cosas etc. Bueno, salvando la licencia de poner un ¡argentino currando en la construcción! (yo los he visto en cualquier tipo de profesión liberal, desde dentistas, psicólogos, echadores de cartas, masajistas, actores (muy buenos), diseñadores, etc. Pero, ¿es representativo un argentino de paleta?… Bueno, salvando esa licencia, el joven inmigrante cuenta a la mujer la precariedad del trabajo, la falta de papeles, la contratación ilegal, las colas diarias para pillar curro, etc. Hasta ahí todo cierto, todo denunciable, todo triste. El problema es que en ningún momento de la obra habla de aquel argentino que emigró y, oye, cosas absurdas del capitalismo, le fue bien o al menos le fue tan bien o mal como a cualquier otro español que consigue salir adelante sin caer en las simas de la indigencia. Botto, por ejemplo, no habla de su caso personal y familiar, del hecho de ser un profesional respetadísimo y de que su madre lo sea aún más. Y tantos otros que sin llegar a su nivel de éxito oye, van tirando.
Creo que si no se quiere caer en el maniqueísmo uno puede contar el caso triste, denunciar el abuso, por supuesto, pero también debe dar una visión real de las cosas. Precisamente porque las cosas van tan mal para bastantes que no hace falta dar una versión sesgada de la realidad para que nos preguntemos si hay que cambiar algo.

La parte la inmigrante subsahariana fue en mi opinión la más creíble, son los que peor lo tienen con mucho y, si bien Botto es poco comedido en contar las desgracias que sufre la desafortunada mujer: explotación laboral con impunidad de sus explotadores, enfermedad -sida tratado con cremas para el picor-, exclusión social, cárcel, etc., estas resultan creíbles a pesar que como digo lo ha planteado de una forma tan desmedida que resulta contraproducente. Como si para contar la historia de las penalidades de un judío en tiempos del holocausto nazi le hicieras pasar consecutivamente por todos los campos de concentración conocidos desde Mathausen a Treblinka pasando por Auschwitz y Dachau sin entender que con haber estado en uno solo de estos infiernos ya hay suficiente material para entender el mensaje de la monstruosa experiencia que debió ser eso. Botto usa descaradamente la fibra sensible, sin ningún tipo de autocontención, el único palo que le queda sin tocar es el del niño con leucemia con la cabeza afeitada pero supongo que era complicado meterlo en el argumento. Eso sí, tenemos el caso de la niña que juega con la muñeca y que muere de peritonitis porque los padres no la llevan al hospital por miedo a meterse en problemas….Eso, no lo negarán, es artillería pesada capaz de hacer brotar una lágrima del ojo de vidrio de un malvado.

Con respecto a la inmigración por supuesto se plantea con el pensamiento buenista de lo malas que son las fronteras, en ningún momento hay reflexión sobre qué ha ocurrido en lugares donde se han producido grandes flujos migratorios que no han podido ser regulados por producirse dentro de un país. Por ejemplo, la emigración desde el nordeste del Brasil a Rio y Sao Paulo y la creación de millones de favelas por la incapacidad de estos destinos de emigración de poder absorber de una forma adecuada esos flujos migratorios. El hecho de que países que consideramos en la vanguardia de los derechos humanos (países del norte de Europa, Australia, Suiza, tengan férreas medidas para regular –no para prohibir– la inmigración, no le provoca la más mínima reflexión).

Terminado el tema de la Mordor-emigración tenemos un capítulo sobre, ¿adivináis?, ¿alguna novedad? ¿alguna denuncia sobre el régimen actual de Corea del Norte?…Noooooo, ¡Deja a Corea del Norte y su dictador comunista, con esos no nos metemos!… Vamos a darle otra vuelta de tuerca a la dictadura militar argentina, las torturas en la Escuela de Mecánica y, bueno… Botto, por desgracia, tiene lamentables razones personales para tener fijación con ese tema. Pero es que cuando ya se ha tratado millones de veces en miles de películas y siempre con la misma visión resulta algo reiterativo. Igualito que cuando aquí en España cuando un “joven y prometedor cineasta” presenta su primer y “original” largometraje: basado en la Guerra Civil española, en el que compulsivamente repite absolutamente todos los clichés y estereotipos que se han descrito ya en el millón y medio de películas sobre este tema que los españoles hemos sufrido desde la llegada de la democracia. Son aportaciones a la cultura que siguen los patrones virales de ciertos contenidos repetitivos de redes sociales de internet. Es decir, «lo cuento para que me contéis entre los vuestros, lo digo, aunque mi aportación no ofrece ninguna novedad, para que veáis que yo también soy de los buenos».

La última parte sin duda es la peor, en ella el autor se pone filosófico-ideológico. Botto sube el nivel y comenta citas que odia “Más vale pájaro en mano que ciento volando” o la deplorable “Diez está igual de lejos de infinito que cero”. Sin entrar en mucho detalle le sirven para reivindicar el revanchismo, la bondad de heredar los odios de nuestros abuelos, la necesidad de no pasar página. Todo ello, por supuesto, sazonado con críticas a los grandes monstruos del siglo XX, a saber ¡Henry Kissinger!, Bush, Putin y no sé quien más… ¿Alguien preguntará «Pero, ¿en esa lista de la infamia del siglo XX habrá mencionado Castro o a Pol Pot, o tal vez a Stalin o a Hoxa?». Pues no, ni palabrita. Tampoco a Duvalier o a Gadafi, Idi Amin, etc. Se hacen breves referencias a Mao y Lenin pero no crean que para criticarlos, sino porque uno de sus personajes, el torturado en la Escuela de Mecánica recuerda frases de ellos (hay que recordar que algunos entre los “democráticos” opositores a la dictadura militar Argentina se inspiraron mucho en grandes dictadores como Mao y Lenin). De Mao recuerda su frase: “El primer deber de un prisionero es fugarse”…Curioso cuando Mao consiguió hacer de toda China una prisión. Pero bueno, eso lo dice su personaje que reflexiona sobre que el primer deber en cualquier caso es estar vivo para poder fugarse.

Con la frase «Diez está igual de lejos del infinito que cero» estoy totalmente de acuerdo que es una frase desafortunada pero tú, admirado Botto, no la puedes denostar, porque tú, con toda tu buena intención, has hecho de esa frase un motto en esta obra. Tú la has criticado en el sentido de que como no es posible hacer una justicia total da igual hacer poca o ninguna justicia. Pero tú mismo has forzado la máquina de tu exposición de los hechos hasta el extremo, has dado un visión sesgada de la realidad, has señalado a unos y no a otros. Como unas situaciones son totalmente injustas digamos que TODO es injusto, demos esa falsa impresión, Al fin y al cabo diez está tan lejos del infinito como cero.

Comentar que a pesar de todo lo que he dicho sobre el texto al 99,9% del público le debió encantar porque prácticamente toda la sala acabó dando una cerrada ovación a los actores y creadores del trabajo. Aplausos que se redoblaron cuando Botto hizo un pequeño inciso para comentar que en este día las «Abuelas de la Plaza de Mayo» habían encontrado a otro de los niños secuestrados por la dictadura (yo ya me esperaba verlas entrar con pancartas apoyando a la Kirchner o a Herribatasuna o a cualquiera de las causas que hacen la delicia de las encantadoras nonnas.

Por mi parte, y a pesar de las críticas al texto insisto en que me arrodillo ante capacidad de interpretar de Botto y la profesionalidad y talento con que se ha hecho este montaje y doy gracias porque podamos contar en España con un actor que eleva el nivel de nuestro teatro de una forma tan definitiva.

Gracias también a los gestores de Las Naves del Español, Matadero, un espacio cultural de gestión municipal por acoger una obra interesante que es muy crítica con la gestión de esta administración.

Reparto:
Juan Diego Botto
Astrid Jones
Escenografía
Sergio Peris-Mencheta y Carlos Aparicio
Dirección:
Sergio Peris-Mencheta.
Producciones Cristina Rota y Teatro Español

Teatre Lliure Montjuïc. Barcelona

Dirección: Plaza Margarida Xirgú, 1. Barcelona

Hasta: Hasta el 29.09.2013

Crónica de «¿Quién teme a Virgina Woolf?» de Edward Albee

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¿Quien teme a Virginia Woolf?” (1962) de Edward F. Albee (Washington DC 1928)

Who’s afraid of Virginia Woolf” fue estrenada en Broadway en el Teatro “Billy Rose” el 13 de octubre de 1962. La obra ganó varios premios, entre ellos el Premio Tony a la mejor obra y el Premio de la crítica de Nueva York. Se desestimó su candidatura para el premio Pulitzer al mejor drama por el lenguaje obsceno y de fuerte contenido sexual de la obra.

En Madrid la obra se ha representado en varias ocasiones:

En 1966 en el desaparecido Teatro Goya con dirección de José Osuna y Mari Carrillo como Martha y Enrique Diosdado como George, Lolita Losada (Honey), Ricardo Garrido (Nick). A este montaje acudió el autor, Albee, para ver el estreno en España de su obra.

En 1986 en el Centro Cultural de la Villa con dirección de Esteban Polls y el siguiente reparto: Martha (Luisa Fernanda Gaona), Enrique Ciruana (George), Karmele Aramburu (Honey), Gari Piquer Douglas (Nick).

En el año 2000en el Teatro Albéniz con Nuria Espert (Martha), Adolfo Marsillach (George), Marta Fernández-Muro (Honey) y Pep Munné (Nick). (Último trabajo teatral de Adolfo Marsillach).

Por supuesto, la obra se hizo realmente popular a raíz de la versión cinematográfica de 1966, dirigida por Mike Nichols y protagonizada por Elizabeth Taylor (Martha), Richard Burton (George), Sandy Dennis (Honey) y George Segal (Nick). El trabajo fue galardonado con cinco premios Oscar.
Aunque es bien sabido sólo señalar que el título “¿Quién teme a Virginia Woolf?” no tiene nada que ver con el argumento de la obra. En realidad se trata de un juego de palabras entre el título en inglés “Who’s afraid of Virginia Woolf” y el nombre de una de las canciones que se interpreta en la película “Los Tres Cerditos” (1933) titulada “Who’s afraid of the big bad wolf?” (¿Quién teme al lobo feroz?).

Llevar a escena una obra que tiene a sus espaldas una versión cinematográfica absolutamente gloriosa no es una tarea fácil porque para convencer al público no sólo hay que hacer un buen trabajo sino que, además, hay que presentarlo de una forma que parezca algo novedoso; algo capaz de romper con las imágenes grabadas en la memoria de los espectadores. Así que es casi obligado comenzar esta reseña alabando el valor de los productores, director, actores y resto del equipo.

La versión que presenta Veronese se estrenó en el Teatro Romea de Barcelona en catalán y ahora se exhibe en Madrid en castellano con el mismo elenco a excepción de Emma Villarasau (Martha) que en La Latina está interpretada por Carmen Machi. Hay que decir que en Barcelona este montaje recibió una muy buena acogida de público y por lo que estamos viendo en Madrid seguramente aquí se repita el éxito de taquilla.

En la ficha de promoción de la obra se indica que “¿Quién teme a Virginia Woolf? no es más que el retrato de la sociedad americana del momento y el análisis de un mal general: el engaño”. Realmente me cuesta estar de acuerdo con esta afirmación. No creo en absoluto que la sociedad americana de los años sesenta viviera las simas de infelicidad, desesperación, frustración y rabia que viven estos personajes que no se representan más que a ellos mismos. Tampoco comparto eso de que el engaño sea el corazón de la trama. Los personajes principales se “autoengañan” pero están tan al límite, tan sobrepasados de revoluciones, que no son capaces de engañar a nadie más, ni a los invitados ocasionales que los observan con estupor y miedo, ni a los espectadores que desde el primer minuto perciben que lo que está sobre el escenario son dos hienas en busca de carroña. De hecho creo que, por su falta de inhibición, por su absoluto descontrol, se muestran mucho más sinceros frente al mundo que la pareja de secundarios quienes tras unos minutos de compostura, efectivamente comienzan a regurgitar los secretos de sus también desgraciadas vidas ayudados por el alcohol y el clima de máxima tensión propiciado por los estoques entre Martha y George.

En la obra hay engaño pero la obra no va sobre el engaño. Va sobre las expectativas no cumplidas, va sobre los sueños rotos, las promesas no cumplidas, va contra la infelicidad compartida, la desolación cómplice. Va sobre los extraños mecanismos de la pareja que hacen que, podamos despreciar a quien más necesitamos, que proyectemos nuestra frustración y nuestra rabia sobre el único ser en la tierra que realmente nos hace caso. Va sobre la amargura vital. Va sobre el inminente choque de dos mercancías, cargados de reproches, que circulan en dirección contraria dispuestos a encontrase.

Una escenografía realista nos da la bienvenida y desde el momento que la pareja protagonista entra en escena uno tiene la sensación de estar asistiendo a un combate de lucha ilegal donde todo está permitido.

Siguiendo los gustos del teatro americano de la época los diálogos son muy efectistas, brutales, buscando demasiadas veces escandalizar o remover la fibra del espectador, a veces hasta alcanzar proporciones de tragedia griega.

Pere Arquillué interpreta de forma más que convincente a pesar de que el ritmo frenético para los diálogos que ha impuesto Veronese sea contraproducente para dar matices al personaje. George más que un profesor de historia alcoholizado parece un operario asiduo a la coca. Así se presenta los dos primeros tercios de la obra realmente “enzarpado”, acelerado, escupiendo un texto que necesita algo más de tiempo para ser procesado. En el último tercio cuando menos acelerado comienza con la artillería pesada, Arquillué da una lección de interpretación siempre con el gesto preciso, la mirada correcta, la entonación perfecta. Impagable la mirada entre cínica, compasiva y cómplice con que George mira a Martha mientras ella está contando la inverosímil historia de su hijo, la vaca y el brazo roto.

Sin embargo, habría que añadir que la ironía constante de su personaje a veces resulta algo plana ya que, incluso en escenas muy sensibles, como cuando le cuenta a Nick algo tan drástico como los eventos de su niñez no se apea de su cinismo ni un momento. Quizá la caracterización del personaje adolece de cierta vulgaridad. No vemos a un profesor de historia que un día fue un instruido y prometedor universitario que ha llegado a ser un alcohólico a fuerza de acumular frustración y tristeza. No hay un mínimo gesto que evoque una elegancia pasada. En su personaje se aprecia tan sólo a un tipejo que parece haber sido siempre basura, basura blanca, “white trash”.

Carmen Machi, es una actriz muy carismática, cae bien a la gente y eso se nota en la acogida del público, pero la contrapartida es que a veces cuesta dejar de ver a Carmen Machi para ver a su personaje. Hay que reconocer que en los últimos meses que lo está haciendo todo: “Fastaff”, “Juicio a una Zorra”, “Agosto”, además de rodar con Almodóvar; hacer publicidad, etc. se ve a una actriz en gran crecimiento. El texto lo lanza con precisión, a pesar de que también tiene que sufrir el ritmo enloquecidamente rápido marcado por el director. Al perfilar su personaje tampoco han acertado y no consiguen darle la pátina de antigua niña bien convertida en mujer adulta sumida en el alcoholismo y la depresión. Más bien al contrario, parece haber sido siempre una tabernera vulgarota sin pizca de formación.
Siendo su interpretación muy aceptable hay que señalar que se maneja mejor en el desgarro que en la desolación, mejor en el grito desesperado que en el quejido interior. Resulta demasiado cómica en las escenas de seducción. Pero a veces echa unas miradas letales que podrían convertir en estatua de sal al infortunado objetivo de sus ojos.
Ivan Benet como Nick parece solo entonarse hacia el final de la obra y aun así está bastante fuera de lugar. Mireila Aixalà está decepcionante como Honey. No resulta creíble ni un solo momento durante la función.

Aunque ya se han apuntado algunas cosas sobre la dirección hay que añadir también grandes aciertos como la sutilidad con la que se insinúa cierta atracción de George por el apuesto y joven Nick. Atracción sugerida, nada subrayada, ¿una desinhibición de alcohólico, o un problema mayor que explicaría muchos de los problemas de esta pareja?. En cualquier caso un tratamiento muy interesante. Por otro lado la comicidad buscada sobre todo en la primera mitad de la obra es incómoda y forzada; contraproducente porque quita dramatismo a algo que no puede ser sino muy dramático. El público ríe a carcajadas, estamos en La Latina.

Resumiendo, una interesante propuesta que creo que hay que ver pero que no consigue el objetivo de darnos otro referente para entender esta obra que no sea el ya consagrado de la película del 66.

Esta obra fue representada en Madrid en el Teatro de la Latina.
Producción del Teatro Romea de Barcelona.
Reparto:
Carmen Machi (Martha)
Pere Arquillué (George)
Mireila Aixalà (Honey)
Ivan Benet (Nick).
Escenografía: Sebastíà Brosa.