Crónica de «El Fantástico Francis Hardy Curandero» de Brian Friel

curandero

Vista desde el aire, la destartalada furgoneta que avanza trabajosamente por los sinuosos caminos de Gales, Escocia y, finalmente, Irlanda, se asemejaría mucho a uno de esos insectos que, forzosamente solitarios, caminan, con gran determinación, hacia ninguna parte. Uno de esos bichitos que, a pesar de la ínfima condición de su existencia, comparten la tozuda resolución de los que, contra todo pronóstico, han decidido sobrevivir.

Si acercamos la mirada podremos descubrir el contenido del ruinoso carricoche, las tripas del escarabajo: Tres seres humanos de corazones corroídos por el desencanto. Un desencanto persistente como la incesante lluvia que ha oxidado la chapa del vehículo en el viajan. Heridos de corrosión pero conformados a completar el inútil itinerario por pueblos apenas recordados pero cuyos sonoros nombres quedarán grabados componiendo las estrofas de una inquietante letanía funeral.

He aquí el primero de los muchos aciertos de la obra de Brian Friel que se presenta, en una versión afinadísima, en el querido Teatro Guindalera. Los personajes están construidos como seres humanos completos, me refiero a completos en su complejidad y en sus contradicciones. Porque, mucho más allá de la manida idea de la racionalidad como rasgo definitorio de nuestra especie, la condición humana se podría, muy bien, definir por nuestra capacidad infinita de resultar contradictorios; por ese permanente estado de vulnerabilidad que tan infructuosamente tratamos de ocultar y, sobre todo, por el insuperable potencial para decepcionar y sentirnos decepcionados al que estamos condenados.

La biografía de Francis, Grace y Teddy, esta profusamente sembrada de decepciones recibidas e infligidas. Son, por lo tanto, tres verdaderos especímenes humanos.

Y luego está la memoria. Uno de los pilares de este lúcido texto es la reflexión sobre esa función cerebral, que erróneamente percibimos como un registro fiable de lo acontecido, cuando en realidad es más un proceso mental que transforma y versiona lo ocurrido, es decir, que inventa el pasado.

En este texto de Friel podemos advertir que, en realidad, la memoria es una estrategia cerebral para poder soportar el peso de nuestros errores. Inconscientemente olvidamos -censuramos- el daño que hemos causado; tergiversamos los acontecimientos para poder juzgarnos a nosotros mismos de una manera benévola, para poder soportarnos, para sobrellevar la enorme carga del mal -involuntario solo a veces- que hemos infligido.

Si el texto es interesante en su propósito, su estructura no es menos elaborada y original. Organizado en cuatro monólogos en los que cada uno de los personajes tendrá la oportunidad de contarnos su versión de los hechos. Cada monólogo, además, se plantea en un espacio y un momento del tiempo diferentes por lo que no solo tendremos la visión personal del narrador sino también la perspectiva que da la distancia espacio-temporal.

El histriónico Frank Hardy interpretado por Bruno Lastra adopta acertadamente la agresiva y afectada verborrea del predicador ambulante. Hardy apenas consigue liberarse por unos instantes del personaje de barraca que ha inventado para embaucar a los otros y para creerse a sí mismo, pero cuando, apenas por unos instantes, escapa del yugo de su propia mentira, cuando, finalmente, puede quitarse la careta de charlatán, queda al descubierto la tremenda debilidad de un hombre enfermo de angustia vital ante las gigantescas dudas que le provoca la improbabilidad de su talento.

Vemos primero a la Grace del ocaso -interpretada con brutal sensibilidad por María Pastor-, y el vendaval de palabras del ágil texto nos impacta como un enjambre de avispas que, irritadas, se estrellan contra nuestra piel. Cada palabra un aguijón, cada frase una herida y la laceración más dolorosa tiene un nombre, Kinlochbervie.

Grace está lejos de ser “la buena de la película” pero, ¿cómo podríamos no dedicar una mirada compasiva a una mujer que tiene la certidumbre de haber sido únicamente “una ficción, sólo una ficción más” para el hombre al que amaba tan profundamente?

Más adelante, se nos dará la oportunidad de conocer también a la Grace luminosa en el fantástico monólogo de Teddy interpretado por un Felipe Andrés, realmente abducido por el encantador personaje. El necesario desahogo cómico llega de la mano de este gran actor junto con la interesante reflexión que plantea el autor sobre las relaciones entre el talento y la inteligencia. Este oportuno rodeo de la trama principal nos prepara para nuevos momentos de gran intensidad emocional que llegan cuando Teddy cumple con su deber de personaje y nos relata su versión de lo ocurrido. Es en este momento cuando lo que antes era furioso ataque de avispero se convierte en metralla que atraviesa la carne mientras una etérea aparición, cubierta con un vestido rojo, entona la sublime balada irlandesa “All those endearing young charms” en el pub Ballybeg: “…y canta de una forma muy sencilla y dulce, como si no estuviera interpretando la canción, sino como, si de alguna forma, surgiera de su boca por sí sola” como narra Teddy en el que quizá sea el momento más abrumadoramente hermoso de la función.

La última intervención se debe a Frank Hardy que en un intenso epílogo culminará el ritual de El Curandero.

Por la inteligencia y originalidad del poético texto, por la sobresaliente interpretación, por la sensibilidad de la puesta en escena, por la perfecta dirección de Juan Pastor y por lo necesario que hoy, más que nunca, es el buen teatro, recomiendo esta función desde el absoluto convencimiento de que no decepcionará a ningún espectador sensible.

Reparto y equipo técnico:
Frank: Bruno Lastra
Grace: María Pastor
Teddy: Felipe Andrés
Traducción: Manuel Benito
Producción y ambientación: Teresa Valentín-Gamazo
Iluminación y Espacio escénico: Juan Pastor
Dirección: Juan Pastor

Contacto:
Teatro Guindalera
C/ Martínez Izquierdo, 20
28028 Madrid
Metro Diego de León (salida Azcona)
Bus 12 y 48
Tel. 91 361 55 21
http://www.teatroguindalera.com
info@teatroguindalera.com

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