Artículo «Mis cinco distopias teatrales favoritas» por Michael Billington◄

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Con permiso de 1984: Las cinco distopías teatrales favoritas de Michael Billington. 

Traducción: Miguel Pérez Valiente

Las  obras teatrales recreando distopías no son abundantes, pero desde Los días felices de Samuel Beckett a Lejos de Caryl Churchill se han dado algunas sobresalientes creaciones escénicas originales.

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La grandeza de la distopía. Far Away de Caryl Churchill. Fotografía: Ivan Kyncl

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La llegada de 1984 al teatro Almeida de Londres ha urgido a los críticos a desempolvar la palabra «distopía». Pero ¿qué significa exactamente? El término fue acuñado por John Stuart Mill en 1868 y hace referencia a una antiutopía: dicho de otra manera, se trata de una proyección de tendencias de hoy en día hacia un futuro catastrófico y apocalíptico.

Como idea, lleva mucho tiempo estando de moda en el mundo de la ficción: además de la mencionada 1984 de Orwell, están también Un mundo feliz de Huxley, El señor de las moscas de Golding o El cuento de la criada de Margaret Atwood. Pero las dramaturgias distópicas son mucho menos frecuentes, probablemente porque el subgénero tiene ecos de ciencia ficción y la fuerza del teatro descansa más en la fidelidad al aquí y el ahora que en visiones futuristas.

No obstante, excluyendo adaptaciones, me han venido a la cabeza cinco magníficas obras distópicas que presento de forma cronológicamente inversa.


1. Lejos «Far Away» (2000) por Caryl Churchill

La obra de cincuenta minutos de duración de Churchill halla verdaderamente su acomodo en la memoria. También ejemplifica los problemas del drama distópico. Con un comienzo escalofriante en un reconocible entorno rural, donde una joven interroga a su tía sobre ciertas escenas que ha presenciado por la noche: hombres que llegan en camiones y son apaleados por su tío para luego ser confinados en cobertizos.

Uno no puede evitar sentir escalofríos cuando la tía le dice a la niña: «Tú eres parte ahora de un gran movimiento comprometido en hacer que las cosas sean mejores». Churchil pergeña un mundo sumido en un caos cósmico. Pero, incluso aceptando que en la obra la transición, desde la brutalidad política al desorden natural, se hace de forma algo abrupta, el desafiante mensaje del texto perdura.


2. De aquí en adelante… «Henceforward…» (1987) por Alan Ayckbourn

Ayckbourn, que se ha sentido siempre fascinado por la ciencia ficción y el desmoronamiento social, consiguió integrar estos dos aspectos en su escasamente representada y oscura comedia distópica. Por un lado la trama gira entorno a un hermético compositor que vive en un búnker automatizado donde es atendido por un androide femenino. Pero, al mismo tiempo, el texto versa sobre individuos aislados que intentan crear arte en una sociedad en la que las calles están patrulladas por turbas armadas. En mi opinión si este planteamiento funciona es porque el propio Ayckbourn es un adicto a la tecnología, pero, al mismo tiempo, también es suficientemente inteligente para percibir los peligros que entraña un mundo en donde, cada vez con más frecuencia, se prefiere la compañía de máquinas racionales al trato con los irracionales humanos.


3.  Dramas de guerra «The War Plays» (1985) por Edward Bond

Tengo que admitir que el Bond que más me gusta es el de sus primeras obras maestras: La boda del Papa, Salvado, Bingo. Pero incluso en sus últimos años, Bond parece comenzar desde una posición de certeza dogmática. Conserva su habilidad para crear imágenes perdurables. En Dramas de guerra, la trilogía que rara vez se representa en Gran Bretaña pero que es reverenciada en Francia, Bond plantea un futuro posnuclear que genera momentos inolvidables. En la primera pieza de la trilogía Rojo, negro e ignorante «Red, Black and Ignorant» una figura fantasmagórica, que murió abrasada dentro del vientre materno, ataca a una civilización enloquecida por las bombas. En La gente de las latas de conserva «The Tin Can People» los supervivientes de una guerra redescubren el significado del asesinato. Una inquietante distopía demasiado importante para ser ignorada.


4. Los días felices «Happy Days» (1960) por Samuel Beckett

¿Es el texto de Beckett una distopía? No se me ocurre qué otra cosa podría ser. Un crítico ha hecho una distinción entre una distopía que sería «un lugar negativo pero construido» y «un lugar destruido en el que no hay, o hay muy poca, estructura formal». 1984 sería un ejemplo de lo primero, mientras que Los días felices estaría en el segundo grupo. Después de todo la imagen de la progresivamente sepultada Winnie y su desvalido marido, Willie, sugieren que se ha producido algún tipo de cataclismo.

Beckett es demasiado astuto para ser más preciso, pero en la escenificación que se hizo en 2007 en el National Theatre, en la que Fiona Shaw interpretó el papel de Winnie, se daba a entender que se trataba de un paisaje posnuclear y viendo en el The Young Vic a a Juliet Stevenson semienterrada bajo una avalancha de pizarra, da la impresión de que podría ser la víctima, entre otras cosas, de un profundo cambio climático.


5. R.U.R. «RUR» (1920) por Karel Čapek

Nunca he visto esta famosa obra del escritor checo Čapek, pero, sin duda, merece un lugar en cualquier lista de obras distópicas. En primer lugar introdujo el término «robot» en el lenguaje cotidiano (el acrónimo al que hace referencia el título es la abreviatura de Robots Universales Rossum), pero es, además, la decana de todas las obras de teatro, películas y novelas que plantean preocupación por el poder de la inteligencia artificial.

La trama discurre en «una isla remota en el futuro» donde los robots asesinan a todos los seres humanos menos uno para luego tratar, desesperadamente, de reproducirse, descubriendo en el proceso que tienen también el poder amare y procrear. ¿No sería estupendo, al menos por una vez, tener la oportunidad de echarle un vistazo a esta pionera obra distópica?

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