Artículo «La vida secreta de Emily Dickinson» por Lyndall Gordon

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Una bomba en su pecho: La vida secreta de Emily Dickinson

La naturaleza implacable y apasionada y el secreto que se esconde bajo la tranquila superficie de la vida de la poeta.

(Artículo firmado por Lyndall Gordon y traducido por Miguel Pérez Valiente)
foto emily
Fotografía de Emily Dickinson: ©Amherst College Archives and Special Collections

 

Emily Dickinson fue una gran poeta cuya vida sigue envuelta en un halo de misterio. Ha llegado la hora de desechar el mito que muestra a Dickinson como una criatura desvalida y extravagante, decepcionada con el amor, que se rindió ante la vida. Creo que era una persona a la que no le atemorizaban sus pasiones ni le intimidaba su propio talento; pienso que la infidelidad conyugal de su hermano, y la subsecuente disputa que esta produjo en el ámbito familiar, fue determinante en la leyenda dickensionana que ha llegado hasta nosotros; y, tal vez más importante, creo que Emily sufría una enfermedad, un secreto que explicaría muchas cosas.

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Fue la propia Emily la que alimentaría el germen de su leyenda ya desde los 23 años cuando rechazó una invitación de un amigo: «Soy tan anticuada, querido, que todos tus amigos se me quedarán mirando». En lugar de la joven ocurrente que era, prefirió tomar una pose retraída. Nacida en 1830 en el seno de la familia más influyente de Amherst, una ciudad universitaria de Massachusetts, nunca abandonó lo que siempre denominó: «la casa de mi padre». Los conciudadanos se referían a ella como «El mito».

Aparentemente, la vida de esta poetisa de Nueva Inglaterra parece monótona y prácticamente invisible, pero en realidad hay un poderoso, casi sobrecogedor, sustrato que contradice esa apacible superficie. Ella lo denominaba una «tranquila – Vida – Volcánica» y ese volcán resuena atronador bajo la pátina doméstica que envuelve su poesía y su correspondencia. La quietud no se puede entender en clave de retiro de la vida (como la leyenda lo consideraría más adelante) sino que era una forma de control. Contrariamente a la pose de desvalimiento que le gustaba tomar a veces, en realidad, tenía un carácter muy marcado: de hecho, hasta la explosión familiar, vivió según sus reglas.

Sus ojos, muy separados, transmitían un apasionamiento que no iba bien con la pasividad de la que se esperaba hiciera gala una mujer en aquella época. Era el rostro sensible de una persona que, como su hermano lo describió: «veía las cosas con claridad y tal y como eran». En 1848 siendo una estudiante de 17 años en  Mount Holyoke (el mismo año en que el movimiento femenino mostró su oposición en la convención de Seneca Falls), se resistió a inclinarse ante los deseos de la fundadora de su instituto, la formidable Mary Lyon. Por aquel tiempo Massachusetts fue el escenario de un resurgimiento religioso opuesto a los avances de la ciencia. Emily, que había elegido sobre todo asignaturas de ciencias, expuso su alegato con claridad:

La “fe” es una buena invención

Cuando los Caballeros pueden ver –

Pero los Microscopios son prudentes

En una emergencia.

Cuando Miss Lyon presionó a sus estudiantes para que se «salvasen», prácticamente todas las alumnas sucumbieron, pero Emily no. El 16 de mayo comenta en una carta: «He descuidado la única cosa necesaria cuando todos los demás la estaban consiguiendo». Daba la impresión de que lo único que le importaba a las otras chicas era ser buenas. «¡Como deseo poder decir eso mismo con sinceridad, pero me temo que no podré nunca!». Cuando Miss Lyon la asignó al nivel más bajo de tres categorías: los salvados, los que aún tienen esperanza y un resto, de unas 30 alumnas consideradas «sin esperanza», ella fue la única que se mantuvo firme en sus convicciones

A comienzo de la década de los 60, durante una explosión de creatividad, solicitó a un hombre de letras de Boston que fuera su mentor. Sin embargo, no fue capaz de seguir su consejo de regularizar sus versos. Mr. Higginson, un defensor de las mujeres, trató de ayudar a la dama con quien se carteaba pensando que no era más que una apologética y sencilla solterona, pero quedó completamente descolocado, hasta el punto de quedar mentalmente exhausto por su poderoso nervio durante la primera visita que le hizo en 1870 hasta el punto de que se sintió incapaz de describir a la criatura que acababa de descubrir, más allá de algunos aspectos superficiales: tenía cabello suave y pelirrojo, no tenía unos rasgos delicados, había sido respetuosa y tenía un aspecto exquisitamente limpio con su vestido de piqué blanco y su chal azul de ganchillo. Después de unos momentos iniciales de indecisión había demostrado poseer una gran elocuencia. Considerando la gran cantidad de cosas extrañas que había dicho, Higginson dedujo que su existencia debía ser «anormal».

La brecha entre la gente a la que deseaba ver y aquellos a los que no se fue hacía más  grande. A su estilo directo le costaba soportar la charla social frente a la honestidad; la piedad frente a «Los instantes superiores del alma». Su franqueza habría resultado desconcertante si no fuera porque «simulaba» urbanidad, pero esto le suponía un doloroso esfuerzo. Pero, desde lo más profundo, un desafío más amenazador, inflamaba los volcanes y terremotos de sus poemas – un evento, como ella lo llamaba “Detuvo – mi latido–“.

Hay algo en su vida que, hasta la fecha, ha permanecido oculto. Los poemas dan algunas pistas al lector sobre «eso» y sobre la irresistible tentación que ella tenía de «contarlo». Quiero poner sobre la mesa la posibilidad de una explicación no sentimental. De ser cierta, podría explicar las  condiciones de su vida: su reclusión y negativa a contraer matrimonio. Una vez  que descubramos lo que es, se hará obvio, por qué fue algo que estuvo escondido y por qué surgían explosiones de lava de vez en cuando desde el cráter de sus «labios sellados».

Durante la explosión de creación poética que experimentó en los primeros años de la treintena, Dickinson transforma la enfermedad en una historia de promesa:

La pérdida que sufrí a causa de la enfermedad – ¿Fue, en efecto, una perdida?

O la Etérea recompensa –

Que uno obtiene midiendo la tumba –

Entonces – Midiendo el Sol –

 La enfermedad está siempre presente aunque aparece parapetada bajo historias encubridoras: durante la juventud, se menciona un catarro; a mitad de su treintena, problemas en los ojos. Ninguna de las  dos dolencias pasó a mayores. En sus  poemas la enfermedad puede representarse de una forma violenta: habla de «Convulsiones» o «Agonía». Se aprecia un mecanismo que se descompone, un cuerpo que cae. «No se agitará demandando doctores» «Sentí un Funeral, en mi Cerebro», dice, y «Me precipité abajo, y más abajo». Teniendo en cuenta la decisión de la poeta de decirlo «sesgadamente», a través de un lenguaje metafórico, ¿no estamos frente a la epilepsia?

En su forma completamente desarrollada, conocida como el «Gran mal» un pequeño desvío en el pasadizo cerebral provoca una crisis. Tal y como lo describe Dickinson: «El Cerebro dentro de su surco / Corre sereno» pero entonces una «Astilla se desvía» y cuesta conseguir que la corriente vuelva a su camino. Pero tal torrente sacado de su curso tiene tal fuerza que sería más fácil desviar la corriente de una inundación, «Cuando las Inundaciones han partido las Colinas— Y han horadado una Ruta para Sí—»

Desde que esta enfermedad [i] se asoció con la «histeria», la masturbación, la sífilis o  se la consideró que era una incapacidad intelectual la que llevaba a la «enfermedad epiléptica» se convirtió en un mal innombrable, especialmente cuando atacaba a una mujer. En el caso de los hombres el secreto era menos estricto, de hecho, la fama de algunos – César, Mahoma, Dostoievski – se impuso al estigma, pero si la víctima era una mujer, esta debía ocultarlo durante toda su vida. Si esta conjetura es correcta, es sorprendente que Dickinson consiguiera desarrollar una voz desde el silencio, una con un poder volcánico para poder soportar su tiempo.

Recetas médicas (unas pertenecientes a un eminente farmacéutico y otras encontradas en los archivos de la botica de Amherst) muestran que la medicación que tomaba Dickinson es compatible con los tratamientos que se daban en aquella época a los epilépticos. La enfermedad, que tiene un componente genético, apareció también en otros dos miembros  de la familia Dickinson. Uno de ellos fue su prima Zebina una mujer que sufrió invalidez durante toda su vida, vivió recluida en su casa que se encontraba situada al otro lado de la carretera. Emily hizo un comentario sobre «su lengua mordida» en el transcurso de un «ataque» en la primera de sus cartas que ha llegado a nuestros días, escrita cuando tenía once años. «Me apresto para ellos» anunciaba en un poema escrito hacia 1866. Más tarde su sobrino, Ned Dickinson también resultó afectado. Era el hijo del hermano de Emily, Austin, y de su esposa, Susan Dickinson, que vivían en la casa de al lado. Para desazón de la familia Ned tuvo un ataque epiléptico en 1877 a la edad de 15 años. A partir de entonces se sucedieron terribles ataques –a un ritmo de unos ocho al año– según quedaron puntualmente registrados en el diario de su padre.

No podemos saber si Emily Dickinson sufrió lo mismo que su sobrino. Hay varias formas de epilepsia y la versión suave,  petit mal,cursa sin convulsiones. Las manifestaciones más suaves consisten en ausencias. Una compañera de clase recordaba que a Emily se le caían con facilidad piezas de la vajilla. Platos y tazas parecía que se escurrían de sus manos para hacerse añicos en el suelo. La anécdota tenía como propósito revelar su excentricidad ya que, según relata esta compañera, Emily escondía los fragmentos en la chimenea, detrás del salvachispas, olvidando que estos fragmentos estaban condenados a ser encontrados cuando llegase el invierno. Este recuerdo es más importante de lo que imaginó su compañera ya que sugiere que Emily podía sufrir ausencias, bien sea acompañando otros síntomas o siendo, estas ausencias, el único síntoma.

Sus violentas imágenes, los ritmos «espasmódicos» de sus rimas, que Higginson deploraba, y el volumen exaltado de su producción muestras que se enfrentaba  con inventiva a los disparos que el cerebro descargaba sobre su cuerpo. Consiguió convertir una enfermedad explosiva en un arte muy afinado: escenas con «Revolver» y «Pistola».  Recogida dentro de su orden doméstico, protegida por su padre y por su hermana, Dickinson no sólo se protegió de la anarquía de su enfermedad sino que le sacó partido.

El misterio que la poeta no llegó a «confesar» sigue estando, hoy en día, protegido bajo una gruesa capa de protestas, acallado por las diferentes facciones que luchan por el control de su grandeza. Esos bandos retoman la disputa que se retrotrae al tiempo en que el hermano de Emily, Austin, estando en la cincuentena, cometió adulterio con la esposa de 27 años de un joven graduado, Mabel Loomis Todd. Después de la muerte de la poeta, coincidiendo con una fama en ascenso, la disputa cristalizó: ¿Quién tendría el control sobre sus documentos no publicados?, ¿quién tendría el derecho de reivindicarla?

Inmediatamente ambas fracciones se esforzaron en envolver a la poeta en leyendas que subrayen su pathos; allí donde la leyenda de los Dickinson ofrece una Emily vistiendo un delantal de cotonía alejándose del único hombre al que había amado, la leyenda de Todd inventa una Emily «herida» por su «cruel» cuñada, Susan Dickinson.¿Cómo podemos horadar esa corteza de mujer dulce y doliente para poder llegar a conocer lo que la propia  Dickinson llamó las rojas «Rocas de fuego» que se encuentran bajo la superficie?

Tal vez una forma de conseguirlo sea volviendo a examinar el adulterio que afectó tan drásticamente la vida de los primeros custodios de los papeles de Dickinson. La ventaja de intentar llegar a la poeta a través de esta crisis es que esa entrée nos lleva directamente al torbellino emocional de la familia. Existe constancia de muchos episodios, alguno de ellos presenciados «por un testigo», referidos en los propios diarios coincidentes de los amantes, con un pasmoso nivel de detalle, (hasta el punto de estar consignados el lugar y la hora). El impacto del adulterio en la familia es evidente, pero para entender la postura de Emily en este aspecto tendríamos que resolver los acertijos que la poeta incluyó en las notas que escribió a la amante de su hermano.

Un hecho recurrente durante los primeros años del affaire es crucial para entender cuál era la situación de la poeta. Como mantener una relación adúltera alejada del chismorreo de una pequeña ciudad era muy difícil, el lugar más seguro para los encuentros de los enamorados era el irreprochable hogar de las dos hermanas Dickinson. Allí, los amantes ocuparían la biblioteca o la sala de estar, en la que había un sofá de pelo negro de caballo, durante dos o tres horas. La puerta se cerraba con llave quedando bloqueado a la poeta el acceso tanto a su segunda mesa de escritura, situada en una habitación contigua, como al invernadero.

Austin Dickinson destrozó a su familia al decidir repudiar a su mujer, Susan, que había sido durante mucho tiempo la más ferviente lectora de la poeta. ¿Cómo habían sido los hermanos antes de que esto ocurriera y por qué, con anterioridad a la separación de Austin, Dickinson habla de una «Bomba en su pecho»? La Bomba puede referirse a las periódicas explosiones en el cerebro, aunque ambos, Austin y Emily tenían un temperamento explosivo que Emily canalizó a través de su poesía. Sus cartas muestran que ella cultivó emociones adulteras, tal vez solo como una fantasía, por un innominado «Maestro». ¿Cómo pudieron afectar estos antecedentes a su respuesta a la repentina incursión de su hermano en el adulterio activo?

En septiembre de 1881, David Todd y su esposa, Mabel, habían llegado a Amherst desde Washington. Ella era una elegante belleza urbana decida en mantener su nivel en lo que a ella le parecía un insignificante “pueblo” lleno de clérigos retirados y académicos viejos. Mrs. Todd, extendía un guante inmaculadamente blanco y sonriendo de lado, era invitada a todos los lados y se encontraba en una situación en la que podía elegir a quién dar su favores. En Amherst los Dickinson eran como realeza: Mrs Todd quedó cautivada por el regio y magnífico Austin Dickinson y por la sobria compostura de su esposa compensada con un chal indio de color escarlata cuando intimaron con ella. A sus espaldas, los niños de Amherst se burlaban de su pelo caoba, que peinaba en la parte superior de su cabeza como un abanico, y de sus andares altivos que acompañaba siempre con su bastón.

Al principio, todos los miembros del clan Dickinson (excepto Emily que permanecería recluida en su habitación) ensalzaron los logros de Mrs Todd: sus solos, que se elevaban por encima del coro de la iglesia; además, pintaba flores con destreza de profesional y publicaba artículos en revistas. Pronto se ganó la amistad de la ilustrada Susan Dickinson, antes de que se hiciera evidente que estaba flirteando con el hijo de 20 años de Susan, Ned, quién se enamoría dolorosamente de ella.

El resultado fue lo que vino en llamarse como «La Guerra entre las Casas». Austin se indispuso contra sus hijos cuando estos tomaron el partido de su acongojada madre. Cada vez hay más pruebas que apuntan a que Emily Dickinson lejos de apartarse de la disputa se posicionó. Al contrario de su hermana Lavinia que tomó el partido de los amantes, se negó a cumplir el deseo de su hermano de que firmase la dación de una parcela de tierra de los Dickinson a su amante. En agosto de 1885 la poeta escribió a su sobrino Ned confirmando su resistencia. «Querido chico» comienza su carta asegurándole que no habrá «traición». «Nunca ocurrirá, mi Ned». Esta carta finaliza: «Y siempre estate seguro de mí, mi niño  – Con amor, Tía Emily».

Pero cuando la poeta murió, Mabel consiguió la finca. La escritura se firmó tres semanas después del funeral y la casa de los Todd se levantó sobre el prado de los Dickinson – un nuevo escenario para los encuentros furtivos de los amantes.

De no haber contado con la presencia de la genial artista esta hubiera sido la manida historia de las andanzas de una femme fatale. A medida que la disputa fue implicando a la poeta, se vería como Mabel se apresuraba hacia la posesión de los poemas de Emily Dickinson y se evidenció cuán deseosa estaba Mabel de acometer la titánica tarea de bregar con los difíciles manuscritos de la poeta. De hecho demostró ser una de las tres únicas personas que, en vida de Dickinson, reconoció su genialidad. El nombre de Mabel Loomis Todd será siempre asociado con el de la poeta.

Mabel parece representar un papel muy conocido  – el de la seductora de un hombre poderoso – pero lo que difiere en este caso es que aquí hay otra forma de poder más grande, el de una poeta que elige su círculo social y decide cerrar la puerta tras él. Para, el gusto exquisito de Mabel Todd, esa puerta cerrada, y la inteligencia excepcional que se escondía tras ella, ofrecía un desafío irresistible. Así que el 10 de septiembre de 1882, acompañada de Austin, Mrs Todd llamó a la puerta de la casa familiar de los Dickinson «Homestead» donde se le permitió entrar al salón donde cantó para Lavinia y Austin. Mientras lo hacía pudo imaginar a la poeta en su inexpugnable fortaleza del piso de arriba escuchando extasiada como los trinos de su experta voz se propagaban por toda la casa.

Durante los años siguientes Mabel repetiría esa escena fantaseando sobre un vínculo con la ausente poeta. Modd haría hincapié en ese vínculo incluso a pesar de que en ninguna de sus numerosas entradas y salidas de «Homestead» tuvo la oportunidad de encontrarse con Emily Dickinson. En aquella primera ocasión la poeta envió una copa de jugo de frutas hecho en casa junto con un poema que Mabel quiso creer que había sido compuesto espontáneamente como un tributo a su agradable visita. Apenas 24 horas después, el 11 de septiembre, se produjo la declaración de amor hacia Austin cruzando así, en la puerta de su casa, el «Rubicon» del abandono de la fidelidad marital antes de que ambos comenzaran su juego de engaño con la desprevenida Sue.

Puede dar la impresión de que la acogida de Mabel en «Homestead» se trató básicamente de una cortesía inocua más allá de marcar el punto de partida del adulterio, sin embargo, la situación comportó una amenaza mucho más perdurable para la paz familiar. Con el tiempo Mabel, iría tomando posesión de un gran alijo de papeles de Emily Dickinson con los que comercializó según sus intereses insinuando que la excepcional naturaleza de la poeta podría resultar oscurecida al ser esta una víctima de Susan Dickinson. Así que resultó que una explosiva poeta que se liberaba de sus cerrojos, la «Reina» de su propia existencia, al final actuaría como el peón de una falsa trama pergeñada en durante el imparable advenimiento de Mabel Todd.

Con la muerte de la poeta, acontecida en 1886,  y el hallazgo por parte de su hermana de un cofre con los escritos de toda su vida llegó una nueva fase en la guerra entre ambas casas. Rápidamente Austin convenció a Lavinia para que le pasase los escritos a su amante. Aunque Austin debía estar al tanto de que en su propio hogar su exesposa atesoraba una colección de poemas que Emily le había dado a lo largo de los años. El antagonismo entre Susan Dickinson y Mabel Todd, convenientemente azuzado por el episodio del adulterio se dirigió hacia la posesión de la poeta. Con las  cuatro exitosas ediciones de la obra de Dickinson durante la década de los 90  realizadas por Todd (dos en colaboración con Higginson y dos más en solitario) la imagen de Dickinson fue adquiriendo estatura a lo largo del siglo XX. Insistentemente se envolvió a la escritora en la imagen de una modesta y anticuada solterona y, sin embargo, la enérgica voz de la poeta sigue siendo inclasificable: «No soy nadie», dice, «–¿Y tú, quién eres?». Es una voz que no podemos ignorar, combativa, incluso invasiva capaz de desafiar las apariencias con una simple pregunta acerca de nuestra naturaleza.

El conflicto se fue hipertrofiando en una sucesión en enfrentamientos que tomaron un cariz cada vez más público, comenzando con un proceso en 1898 cuando Lavinia Dickinson cambió de bando y tomó partido en contra de más reclamaciones de tierra de los Dickinson por parte de los Todd. En el corazón del pleito está el convencimiento de Mabel Todd de que se le debía ese trozo de tierra como compensación por sus años de arduo trabajo para conseguir dar a conocer al público a la gran poeta.  Solo en 1890, el primer año de su edición, se vendieron 11.000 copias de Poems. Su defensa se centró en la indiscutible hazaña de transcribir, fechar y editar montones y montones de manuscritos.

Sin embargo, el odio no se extinguió con la muerte de la primera generación. Las hijas de la contienda, Marta Dickinson hija de Susan y  Millicent Todd, hija de Mabel siguieron batallando a través de libros enfrentados durante la primera mitad del siglo XX. En su momento álgido, en 1950,  la lucha se orientó hacia el tema de la venta de los papeles de Dickinson.

En un primer momento parecía que el bando de los Dickinson estaba ganando el asalto. Pero antes de morir en 1968 Millicent Todd dejó preparada una batalla póstuma que no podía perder. Su plan consistió a fichar a un escritor de credenciales indiscutibles para que realizase el libro que ella tenía en mente. Llegados a este punto contrató al profesor de la universidad de Yale, Richard B. Sewall, como su albacea literario asegurándole derechos exclusivos sobre los papeles de los Todd.

Su plan de combate estaba claro: su albacea estaba llamado a «poner toda la trama de las tensiones con los Dickinson en la perspectiva correcta». Así fue como Sewall perpetuó la posición de los Todd en una biografía de Emily Dickinson de dos volúmenes. Un texto de referencia durante los últimos 36 años.

El persuasivo gracejo con el que presentaba su punto de vista Mabel Todd se vio reforzado por el rigor académico de la voz de su hija grabada en cintas en las que explicaba a Sewall los antecedentes legales de la disputa con un gran despliegue de hechos y fechas presentados con la sistemática exactitud que habría podido utilizar un erudito. Para alguien que no estuviese al tanto de los antecedentes su testimonio podría parecer objetivo e informado, pero, aun en ese caso, resulta sintomático que los Todd siempre aparezcan como las víctimas de Susan Dickinson y de su temible hija. Escuchando las grabaciones uno entiende el impacto que estas tuvieron en su biógrafo. Sewall cayó «hechizado» por la afirmación de Austin de que el día de su boda había caminado hacia el altar como si fuera al patíbulo. Aunque, en realidad, nadie sabe realmente qué fue lo que dijo Austin, esta imagen del patíbulo fue relatada por una amante que estaba decidida a librarse de la esposa, y no solo de la manera habitual, sino de todas las formas necesarias para quitar cualquier protagonismo de Sue en la vida de la poeta.

Un biógrafo que se sienta tentando a utilizar como única fuente de información un archivo tan elocuente está condenado a ser parcial, y aun así, Sewall actuó como cadena de transmisión del arsenal de falsedades de los Todd: que Emily había mostrado su favor hacia Mabel; que la decisión de la poeta de recluirse había sido el resultado de una ruptura familiar anterior a la llegada de Mabel y que Austin (contrariamente a lo que se mostró en el juicio) había escriturado una segunda parcela a los Todd. El biógrafo, incluso llega a  superar a los Todd, cuando sugiere que la «incapacidad» de los Dickinson para publicar fue el resultado de una disputa familiar.

Este tipo de leyendas impregnaron el teatro y la ficción. En 1976 la premiada obra La bella de Amherst reforzó esa triste y dulce imagen: una «tímida», «casta», «asustadiza» escritora que como apenas sabe qué decir se entretiene haciendo pasteles. El dramaturgo lo llamó «una empresa de sencilla belleza» que fue respaldada por «un público que ha colocado a nuestra ‘Bella’ en sus corazones». En una novela de 2006 la rencorosa Sue termina «odiando» a Emily. En una novela de 2007 Sue se convierte en una mortífera Lucrecia Borgia que, vestida con un escotado traje de terciopelo negro, espera en el hall de la casa a sus víctimas mientras se abanica. ¿Podría superarse el desatino? Sí se podría. Sue «podría hacer carne picada a los Dickinson y comérsela en la cena de Navidad».

Así que el pathos se ha mantenido incluso aunque a través de sus palabras se revela una mujer divertida: una amante que bromeaba; un mística que hacía mofas del cielo. Esta mujer no era como nosotros: conocerla supone encontrar aspectos de una naturaleza más desarrollada que la nuestra. Sus poemas activan el poder comunicativo de lo no dicho entre dos personas inclinadas a ello. Por lo tanto, el tema de los contactos es crucial: ¿Para quién escribía? ¿Quién está siendo entrenado en su excepcional modo de comunicación? «Sé Sue – mientras yo soy Emily – » le ordena a su amiga de la juventud que luego se convertiría en su cuñada. «Sé luego – lo que siempre has sido – Eternidad».

Una iniciación en eternidad fue el regalo que Dickinson ofreció a los pocos a los que dejó entrar en su intimidad. La opinión que sostuvo Sewall de que los hombres la habían cambiado ha quedado ampliamente superada. Fue ella la que influía en los otros durante los pequeños lapsos que podían soportarlo. Ella creó a ciertas personas de la misma manera que había creado sus poemas, muchos encerrados en sus cartas como si fueran extensiones de ellas. Ella medio encontró, medio inventó, una lectora receptiva en Sue a la que envió 276 poemas – más del doble de los enviados a cualquier otra persona. De la misma manera creó un amor inmortal por la persona a la que llamó «Maestro».

Los biógrafos han buscado alguna explicación para el «Maestro» casado y barbudo que aparece en tres crípticas cartas escritas desde la primavera de 1858 al verano de 1861, sin embargo hay pocas pruebas y los biógrafos han hecho sus apuestas entre una gama de candidatos poco probables. Esas cartas progresan desde una ficción literaria a otra desde el encuentro de Jane Eyre con su «Maestro» (también casado) al amor inmortal de Emily Brontë –en 1858 Dickinson había adquirido una copia de un edición de 1857 de Cumbres borrascosas– y es posible que el «Maestro» de sus cartas sean más un ejercicio compositivo que cartas efectivamente dirigidas a una persona en concreto. Las habladurías han apuntado al reverendo Charles Wadsworth como el mejor candidato como amor de su vida. Se conocieron en 1855 durante una visita de la poeta a Filadelfia para luego, supuestamente, renunciar.  (Wadsworth, lúgubre, lampiño, de rizos firmes, le envió a la Srta. Dickenson (sic) una aburrida carta pastoral acerca de los sufrimientos de la poeta –sin dar ninguna clave de qué sufrimientos eran esos-).

Un nuevo capítulo comenzó en los últimos años de su cuarentena y durante su cincuentena cuando se fijó en el despiadado juez de la corte suprema de Massachusetts con el que no llegaría a casarse a pesar de que durante mucho tiempo pensaba en él durante las noches, interrumpía su escritura para adelantar su carta semanal e interpretaba el cómico personaje que él le había asignado «Emily Jumbo». Ella no podía casarse con él. Se suponía que los epilépticos no podían casarse,  de hecho algunos estados americanos legislaron sobre el tema. Han sobrevivido los borradores de sus cartas de amor: son ingeniosas, muestran seguridad en sí misma, son claras (nada que ver con el estilo codificado que usó en las cartas dirigidas al «Maestro») y  se muestra desinhibida en ellas, aunque siempre dentro del implacable control que ejerció sobre su existencia. Un estilo muy poco en consonancia con la forma en la que se suponía que una mujer del siglo XIX  se tenía que comportar.

Dickinson encontró amor, crecimiento espiritual e inmortalidad, todo ello según sus propias normas. Un modelo permaneció: Cumbres borrascosas. Aunque a diferencia de los anárquicos amantes de las Cumbres, Dickinson era un ser moral, el producto de la recta Nueva Inglaterra: por el bien de salud mental entendió el potencial destructivo de la «Bomba» que había en su pecho; y durante su vida fue testigo de la erupción del conflicto familiar – otro secreto doméstico. Hace constantes referencias a una «Existencia» secreta –que afecta principalmente a su poesía– que debe ser vista bajo el prisma del individualismo de Nueva Inglaterra, el ethos emersoniano de la confianza en uno mismo que en su versión más desarrollada no admite etiqueta. Es una opción vital más incómoda y menos amable que la típica excentricidad inglesa – de hecho es peligrosa, como la propia Dickinson lo señaló cuando dijo: «Mi vida había permanecido  siempre – un arma cargada»

[i] The  Falling sickness como era conocida en inglés.

[ii] Nota del traductor: La Bella de Amherst de Willian Luce se representa en la actualidad en el Teatro Guindalera  con dirección de Juan Pastor e interpretada por María Pastor

FUNCIONES:

Jueves, Viernes y Sábados, 20’30h.

Domingos, 19h.

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