Crónica de «Misántropo» dirección de Miguel del Arco

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La semana pasada tuvo lugar, en el Teatro Español, el esperadísimo estreno en Madrid del nuevo trabajo de la Compañía Kamikaze con Miguel del Arco en la dirección y adaptación libre de «El Misántropo» de Molière.

Las razones para no perder la oportunidad de ver este estupendo «Misántropo» son innumerables, pero, por motivos prácticos, en esta crónica he escogido solo seis razones para dejarlo absolutamente todo y correr al Teatro Español a ver «Misántropo»

1)    De lo nuevo y lo viejo:

En una de las más memorables arias de la ópera  «Los Maestros Cantores de Nuremberg» el sensato poeta y zapatero Hans Sachs hace una trascendente reflexión sobre la evolución del arte, o mejor dicho, sobre la imperiosa necesidad de evolución a la que están sometidos todos los lenguajes artísticos. Profundamente conmovido, y desconcertado, por la heterodoxia con la que un joven cantante ha interpretado su pieza, el maestro cantor, todavía subyugado por la emoción, exclama para sí:

¡Sonaba tan viejo y a la vez tan nuevo como el canto de los pájaros en mayo!…

En esta frase, aparentemente sencilla, se esconde un principio básico del desarrollo cultural: Conseguir que las preguntas de siempre, las que se hacen todas las generaciones, vuelvan a formularse de una manera que parezcan cuestiones novedosas.

La adaptación que ha hecho Miguel del Arco de un texto “viejo” de Molière presenta un lenguaje artístico moderno, muy sugerente para el espectador de hoy en día, si bien, también ha sabido preservar el legado de las reflexiones que el autor planteó a las audiencias del siglo XVII subrayando con ello su vigencia. Por otro lado, no se ha descuidado la belleza formal del texto       -un aspecto que no siempre se respeta en las adaptaciones se textos clásicos que se hacen en este país-, «Misántropo» despliega un uso brillante de un idioma que se entrega al público laboriosamente labrado.

Por lo tanto, este «Misántropo» del feliz tándem Miguel del Arco – Aitor Tejada cierra verdaderamente el círculo y cumple con la principal exigencia que demanda Wagner en el último número de la citada ópera: No faltéis el respeto a los maestros sino, al contrario, honrad su arte.

2)    La riqueza de los personajes

Aunque la visión que «Misántropo» ofrece de la sociedad supone en sí misma una enmienda a la totalidad, los personajes no se muestran como un todo homogéneo sino que cada uno posee una personalidad bien definida; tiene motivaciones diversas y sigue pautas de actuación propias. Tampoco se trata de personajes unidimensionales pues muestran comportamientos complejos en los que parece advertirse un único denominador común: A pesar de estar instalados en la frivolidad todos parecen seguir siendo sensibles al amor, o al menos, todos ellos muestran deseo de ser amados.

Alceste, el misántropo, representa una opción extrema de rechazo social. El desafío no es pequeño para el actor (Israel Elejalde) ya que le toca defender a un protagonista cuya actitud hostil hacia el contacto humano, que recuerda extraordinariamente a la deprimente pose ‘semper dolens’ de John Dowland, le hace resultar bastante antipático. Su impracticable deseo de una honestidad brutal tampoco le convierte en el perfecto candidato para ser el alma de las fiestas. El espectador solo siente empatía hacia él cuando, herido, muestra su frustración por el amor no suficientemente correspondido.

Celimena (Bárbara Lennie): Es frívola, superficial y bastante estúpida, pero, para desgracia de sus muchos admiradores, su juventud y hermosura la envuelven en un aura que proyecta virtudes que en absoluto posee.

Filinto (Raúl Prieto): Es el personaje más razonable. Pragmático, trata de mantenerse el equilibrio entre su disgusto por la hipocresía social y la necesidad de suavizar la verdad para no atraer sobre uno mismo el odio de los demás.

Elianta (Miriam Montilla) amó tiempo atrás a Alceste y desde la frialdad de su nueva relación con Filinto observa con envidia el afecto genuino que su antiguo amante profesa a Celimena Es tal vez el personaje que se presenta más melancólico y vulnerable.

Arsinoé (Manuela Paso): Moralista, rencorosa, manipuladora e hipócrita, es decir, un regalo para cualquier intérprete y hay que constatar que Paso ha aprovechado hasta el último matiz haciendo un trabajo apabullante.

Clitandro (José Luis Martínez): Si lo pillan en la sede de algún partido político le dan despacho y libreta para llevar las cuentas o manga ancha para gestionar los ERE. El personaje más dolorosamente actual de todos.

Oronte (Cristobal Suárez): A pesar de que este personaje fue creado por Molière, podría ser perfectamente el producto televisivo de un brainstorming de los directivos de Mediaset. Vacuo e injustificadamente pagado de sí mismo, su absoluta carencia de talento no le impide gozar de un amplio predicamento en una sociedad falaz de la que él es el indiscutible epítome.

3)    La política no el mitin

La crítica política tiene que estar presente en un texto cuya intención es diseccionar con afilado escalpelo las debilidades del comportamiento humano. Así lo ha entendido Miguel del Arco quien nos ofrece algunas escenas que, sin manipular el sentido del texto original, conectan con nuestra realidad inmediata. Cuestiones como el arribismo, la falta de ética, la retórica falaz de los políticos, la corrupción o la ambición desmedida son fielmente retratadas en una propuesta que, sin embargo, no cae en el aburrido tono mitinero que encontramos en tantos otros trabajos que abordan estas cuestiones. Actitudes, o incluso, personajes que hoy en día salen a diario en los informativos son perfectamente reconocibles en este «Misántropo» que ha sabido reflejar algunas de las servidumbres que afectan a la casta dirigente sin caer en la tentación de presentar al resto de la sociedad como unas inocentes ovejitas de conducta irreprochable.

4)    La confrontación de las dos reinas

Teatralmente creo que hay pocas cosas que funcionen mejor sobre un escenario que una enganchada dialéctica entre dos mujeres competidoras. Esta incuestionable preferencia por las broncas femeninas puede deberse a que, mientras los choques entre hombres evolucionan, por lo general, rápidamente hacia la violencia física, en el caso de ellas       –menos impulsivas, más hábiles con el uso del lenguaje y, posiblemente, más perseverantes en el rencor– los mamporros verbales suelen ir convenientemente acolchados en modales de seda. Sin embargo, no hay que engañarse, la punta de los dardos estará fieramente afilada y su intención será inequívoca, indefectiblemente irán dirigidos al que, en un mundo machista como es el nuestro, es el punto débil femenil: Su honra.

Foto de Eduardo Moreno
Fotografía de Eduardo Moreno

En mi opinión, este brillante enfrentamiento entre la bella y licenciosa Celimena (Bárbara Lennie) y la ambiciosa y moralista Arisoné (Manuela Paso) es  uno de los dos momentos más divertidos de la función.

La escena se estructura mediante dos monólogos sucesivos, en los que, con la excusa de una noble preocupación por la reputación de la otra, cada mujer destroza, inmisericordemente, a su oponente. Será en las respectivas contrarréplicas cuando la pátina de urbanismo se vaya diluyendo y aflore con cruel sinceridad lo que cada una piensa realmente de la otra. El clímax de la lucha se alcanza con una memorable frase de Arsinoé –que provoca un estallido de aplausos en el patio de butacas- en la que reprocha a su amiga, con incomparable mala leche e ilimitada gracia, su comportamiento licencioso: «Señora, yo cuando me arrodillo con la boca abierta es para dar gracias a Dios»

Podría ver esa escena veinte veces y seguir disfrutándola. La Arsinoé de Manuela Paso, con el punto justo de afectación melodramática, resulta hipnótica y la reacción rápida y viperina de la Celimena de Barbara Lennie es digna de protagonizar un reportaje de felinas en el Discovery Channel.

Abro un pequeño apartado para los muy fans de las peleas de gatas, para recomendar dos escenas memorables que ofrece el género operístico: Por un lado el dueto « Via resti servita» entre  Marcelina y Susanna del primer acto de «Las bodas de Fígaro» en el que, con gran elegancia, se despachan llamándose vieja y puta respectivamente, mientras superficialmente insisten con cortesía en darse preferencia en el paso.

Y, en segundo y último lugar, la monumental escena de la confrontación de las dos reinas de la «Maria Stuarda» en la que ambas acusan a la otra de ser una puta (previsible) y, como aquí, además, compiten también por los derechos dinásticos aprovechan para llamarse “bastarda”. Aquí os dejo un enlace a la potente «Figlia impura di Bolena!»

5)    La coreografía

Resulta difícil destacar algunos aspectos de un trabajo que es en sí irreprochable en su conjunto, pero si me gustaría comentar que uno de los más sobresalientes aciertos de «Misántropo» es el magistral trabajo de  movimiento de actores. La cuidada coreografía, firmada por Carlota Ferrer, va más allá de lo meramente estético o de un simple alarde de maestría en la expresión corporal, sino que se conforma como un potente elemento simbólico. En algunos momentos el movimiento se ralentiza y los personajes parecen convertirse en una extasiada procesión de bacantes. Una comunión que Alceste (Israel Elejalde) observa desde fuera con buscada distancia e indisimulada reprobación. Unos personajes que evolucionan por el escenario llevados por la corriente de sus propias pasiones y de su interdependencia.

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Fotografía de Eduardo Moreno

Tuve la suerte de ver hace meses la segunda función de «Misántropo» tras su estreno absoluto en Avilés. Pues bien, en aquella ocasión a pesar de que el proyecto apenas acababa de echar a andar, el trabajo coreográfico estaba ya completamente pulido. Hasta el punto de que, en este sentido, no he visto variación alguna entre aquel pase y el que vi en Madrid hace unos días. Esto da una idea del nivel del alto nivel de exigencia que se impone este equipo

6)    El trabajo técnico

Por último, me gustaría destacar un aspecto formalmente muy atractivo que es el trabajo audiovisual  con imágenes llenas de simbolismo y carga poética siempre al servicio de la trama. Me impactaron especialmente las escenas soledad, de desintegración y de sombras. De nuevo lo que se podía haber quedado en una simple ostentación de poderío tecnológico y medios económicos resulta un elemento catalizador de las emociones que invaden al espectador. Otro acierto del montaje, uno más, este de la mano de Joan Rondón y Emilio Valenzuela. Asimismo hay que celebrar la estupenda escenografía de Eduardo Moreno, la hermosa iluminación de Juanjo Llorens y el magnífico, y no pocas veces divertido, vestuario de Ana López.

Dirección
Miguel del Arco

Compañía
Kamizake Producciones

Reparto

Alcestes Israel Elejalde
Filinto Raúl Prieto
Oronte Cristóbal Suárez
Celimena Bárbara Lennie
Clitandro José Luis Martínez
Elianta Miriam Montilla
Arsinoé Manuela Paso
Colaboración especial (voz tema musical Quédate quieto) Asier Etxeandía

Ficha artística

Versión y dirección Miguel del Arco
Ayudante de dirección Aitor Tejada
Escenografía Eduardo Moreno
Iluminación Juanjo Llorens
Sonido Sandra Vicente (Studio 340)
Música original Arnau Vilà
Coreografía Carlota Ferrer
Vestuario Ana López
Vídeo Joan Rodón y Emilio Valenzuela
Cartel Rodón & Moreno
Fotografía Eduardo Moreno
Materiales promoción Cultproject
Músicos grabaciones
Saxos y clarinete Pep Poblet
Trombón Albert Costa
Trompeta Marçal Muñoz
Guitarra Marc Quintillà
Voces Carles Torregrosa
Guitarra Javier Vaquero
Batería Checho Soler
Contrabajo Àlex Soler
Estudios de grabación Studio 340 Ten Productions
Producción ejecutiva Jordi Buxó
Dirección de producción Aitor Tejada
Ayudante de producción Léa Béguin
Auxiliar de dirección Daniel de Vicente
Auxiliar de escenografía Lorena Puerto
Coordinación técnica Mariano García
Técnico de luces Nacho Vargas
Técnico de sonido Enrique Calvo
Construcción de decorado Peroni y Esfumato
Transportes Cultural Transport
Administración Santiago del Arco

Una producción de Kamikaze Producciones en coproducción con Teatro Español de Madrid y Teatro Calderón de Valladolid y la colaboración del Teatro Palacio Valdés de Avilés.

Fechas y horarios: Del 23 de abril al 22 de junio
De martes a sábado 20h. y domingo 19h. A partir del 1 de junio horario de verano: de martes a domingo a las 20h.

 

Crónica de «Tape» de Stephen Belber

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Descubrí hace unos años el interés de Stephen Belber por el intrigante mundo de la percepción, la memoria, las apariencias (y las verdaderas motivaciones que se esconden tras estas) con la memorable «El proyecto Laramie» (2000), un montaje en cuya autoría participó junto a Moisés Kaufman y a otros miembros de compañía teatral «Tectonic Theatre Proyect».

Un trabajo cuya trama gira básicamente en torno a la intolerancia latente en una pequeña comunidad conservadora, Laramie, en donde se produjo un crimen de motivación homófoba. Para la preparación de ese montaje los dramaturgos tuvieron el acierto de hacer aflorar la intolerancia que impregnaba esa sociedad a través de un trabajo de campo consistente en la realización de varias decenas de entrevistas a los habitantes del lugar. Posteriormente, estas entrevistas serían incorporadas a la dramaturgia. Lo más curioso de aquel experimento fue que los miembros de la pequeña comunidad no solo parecían recordar hechos diferentes, sino que incluso hablando de un mismo hecho contrastado, cada ciudadano lo interpretaba de una manera personal, otorgándole una ponderación moral distinta. Esta falta de coherencia entre lo recordado por los diferentes individuos puso de manifiesto lo extraordinariamente difícil que es llegar a la verdad de las cosas cuando los observadores son seres humanos. .

A pesar de que «Tape», fue escrita en 1999 (es, por tanto, un año anterior al «Proyecto Laramie»), yo no la conocí hasta hace unos meses cuando La Canoa Teatro presentó este mismo montaje objeto de la crónica –con modificaciones menores- en la sala Kubik Fabrik. Ni siquiera había visto la versión cinematográfica dirigida en 2001 por Richard Linklater con Ethan Hawke (Vincent), Robert Sean Leonard  (Jon Salter) y Uma Thurman (Amy Randall), así que tuve la oportunidad de llegar fresco y pude comprobar cómo algunas de las claves tratadas en la obra sobre el crimen de Laramie, también habían sido, con anterioridad, objeto de reflexión en este texto de dialéctica vibrante y de acción trepidante que persigue, a través de la confrontación moral de los personajes, exponer ante el público la maleabilidad de los recuerdos y la necesidad de contar siempre con diferentes puntos de vista para poder, al menos, aproximarnos, a la realidad de un hecho pasado.

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Crónica de «Un hombre con gafas de pasta» de Jordi Casanovas

 

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Uno de los aspectos que más me interesan del teatro es la posibilidad de observar la condición humana –pese a quien pese, mi condición- desde la perspectiva de la imagen ligeramente distorsionada que devuelve el espejo. De la misma manera que para entender correctamente un cuadro retrocedemos unos pasos, también para observar el lienzo de la realidad necesitamos tomar una cierta distancia. Estando inmersos en la composición, acuciados por la inmediatez del diálogo o la servidumbre de la empatía, se hace mucho más difícil ver la compleja materia de la que está hecho nuestro comportamiento.

Pues eso, la propuesta escrita y dirigida por el catalán Jordi Casanovas que se repone en el Teatro Lara después de su estreno hace unos meses en La pensión de las Pulgas, presenta una situación que no puede ser más cotidiana: Una reunión de amigos en casa de uno de ellos. Algo que vivimos aproximadamente una vez a la semana.

A priori, podríamos pensar que enfrentarnos a algo tan habitual resultaría poco sugerente. Nada más lejos de la realidad. “Vivir” esa situación desde la distancia del hecho escénico, pero, al mismo tiempo, en el marco cuasihogareño que proporciona una sala tan “domiciliaria” como es la Pensión de las Pulgas en la que el público se integra en la escenografía como parte fundamental del montaje, excita la curiosidad del espectador que, por arte de la magia teatral, de vulgar escarabajo, pasa en un tris, a ser inquisitivo entomólogo.

La primera parte del montaje, en clave de comedia, resulta hilarante porque el autor ha captado magistralmente una buena instantánea de la realidad para luego, como buen instagramista, aplicarle unos atractivos filtros que no hacen sino resaltar lo cómico de una situación bastante reconocible.

Es en esta sección en la que el espectador comienza a paladear las virtudes del montaje: las sólidas interpretaciones, la fluidez de la trama, la  identificación de un conflicto, que se presenta con presunción realista, con experiencias personales de seguro vividas por todos los espectadores. Hasta ahí, todo positivo, todo bien trabajado, pero, obviamente, al teatro le exigimos siempre una vuelta más de tuerca. Y es, precisamente en este punto, donde esta función alcanza el calificativo de sobresaliente. Un giro inesperado de la trama hace añicos el cuadro anterior. De pronto, los personajes, sometidos al extraordinario estrés de nuevos e imprevistos acontecimientos que destruyen la clave cómica en la que se había aposentado la sección anterior, evolucionan con celeridad hacia registros fuertemente dramáticos. Este giro radical del tono y de la trama permite al autor alardear de su control sobre el pathos teatral. En ese pasar desde el “todos somos muy simpáticos tomando copas” al “si das un paso más te mato”, en esa evolución de los personajes, es en donde se  encuentra, en mi opinión, la parte más interesante del montaje.

Para terminar de ponerle la guinda a la propuesta, es de justicia añadir que el autor, que nos ha sabido llevar por una especie de descenso de cañones en un verdadero rafting emocional, consigue, además, pergeñar un final a la altura de las expectativas creadas durante la función.

Sin ánimo de hacer ningún spoiler, sí me gustaría reconocer por una parte lo atractivo de los personajes creados por Jordi Casanovas y la eficacísima encarnación de los mismos por un  elenco de actores muy bien armado. José Luis Alcobendas hace un hilarante/inquietante Marcos (el gafotas al que hace referencia el título). Markos Marín (Óscar) no puede estar más divertido en el proceso de abducción de su personaje por el nocivo influjo del de las gafas, comportamiento que luego evoluciona hacia, unos abismos mentales en un proceso que no terminé de ver claro. Olga Rodríguez, como Laia también hábil en su papel primero de amiga pesada metomentodo y luego en personaje completamente desubicado por la información que la evolución de la trama le va desvelando. La que en principio aparece como más desvalida y sensible, Aina, Inge Martín, sorprenderá a la audiencia con un inesperado cambio de  actitud en el momento álgido de la acción.

Destaco, como especialmente divertido, todo lo relativo a la poesía del hombre de las gafas: el delirante texto en sí, que se podría analizar, entre risas, durante horas, pero del que destaco el verso de la aliteración de la “j”, -sin duda habría provocado un ictus a Rubén Darío-: “Ojos, ajos, lejos”, y también la actitud insoportablemente engolada con la que lo recita el pedante autor, así como la desternillante, y contradictoria, actitud de los oyentes del recital.

«Un hombre con gafas de pasta» se presentó en Madrid (en la sala Azarte) con otro elenco, hace unos años. Ha sido un verdadero acierto volver a traer este texto montándolo en un espacio, que lleva el camino de convertirse en icónico, en donde el teatro verdaderamente adquiere ese carácter de realidad aumentada en la que fácilmente podemos vernos reflejados.

 

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Teatro Lara: Corredera Baja de San Pablo, 19

 

 

Versión y Dirección: Jordi Casanovas

Ayudante de dirección: Gabriel Cuenca

Maquillaje: Mar Albaladejo

Vestuario: Tania Sanz

Intérpretes: José Luis Alcobendas, Markos Marín, Inge Martín y Olga Rodríguez.

Produce: MAD CHOICE